CREADO POR ABRAHAM VIDAL latinfumador@hotmail.com
Posted by Trinidad D. on 1/10/2009, 2:57 am
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Hoy en día las cosas pueden resultar algo complicadas para alguien que empieza a fumar porque es fácil sentirse rechazada. Yo empecé a fumar algo tardíamente, durante el verano del 2006 y cuando tras el veraneo volví a clase para reanudar mis estudios de Ciclo Formativo Superior de Desarrollos de Alta Cultura, no quería que las chicas de mi pandilla se enteraran de que fumaba. Verónica, Araceli, Siena y yo formábamos una sólida y sana pandilla de no fumadoras convencidas, por lo que sabía que si una de nosotras empezaba a fumar desentonaría del grupo y seguramente las demás la mirarían un poco raro. Por eso evitaba que mis queridas amigas descubrieran que yo fumaba, no fumaba incluso si salíamos juntas por ahí y estábamos en un garito lleno de humo. Claro está que eso me hizo pasar malos ratos, ocasiones en que me derretía por un cigarrillo y me tenía que aguantar. Cuando me separaba de mis amigas tras una de esas ocasiones no tardaba en encender un deseadísimo pitillo que me sabía a gloria y me lo fumaba como una hambrienta.
En una ocasión, volvía caminando tras las clases y desde lejos vi a una chica en una parada de autobús que fumaba con desparpajo mientras ojeaba un periódico gratuito. La chica se veía cómoda, satisfecha y entretenida fumando, me dio envidia. Entonces reconocí la melenita rojiza y esa desenfadada manera de moverse ¡Aquella fumadora era mi amiga Araceli! No me podía creer que mi amiga Araceli, tan amante de la naturaleza y de las actividades al aire libre estuviera fumando. Me dirigí hacia ella y cuando ya estaba frente a ella alzó su verde mirada y me reconoció. Se le escapó un gesto de lamentación al ver que la había descubierto fumando pero enseguida se resignó y con una valerosa sonrisa me confesó que ese verano había empezado a fumar. La miré en silencio un momento y ella me dijo resignada que ahora yo la iba a reñir. Le dije que no, que no le iba a reñir, mientras sacaba una cajetilla de cigarrillos de mi morral ante la mirada primero sorprendida y luego divertida de Araceli. Me encendí un pitillo y confesé que también había empezado a fumar durante el verano. Fumamos juntas, saboreando el humo y lo inédito de la situación. Comentamos que Verónica y Siena alucinarían si se enteraran de que las dos fumábamos, pero antes de hablar más sobre eso, llegó el autobús de Araceli y se tuvo que marchar.