CREADO POR ABRAHAM VIDAL latinfumador@hotmail.com
Posted by Trinidad D on 1/12/2009, 11:19 pm, in reply to "Re: El lio de empezar a fumar. Descolocada y ampliando perspectivas."
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El día después, ya en la recta final del verano, después de comer me volvía a la ciudad. Al acabar la comida mi abuela trajo sus cigarrillos a la mesa. Pensé que dado que me iba de la casa de la abuela y que me iba a alejar de sus tentadores cigarrillos, bien podía darme el gusto de fumar uno sin preocuparme. Le pedí un pitillo y contenta me dijo que me sirviera. Cogí uno, le tendí la cajetilla para que se cogiera otro, le di fuego y finalmente encendí mi cigarrillo saboreando e inhalando con gula la primera calada. Viéndome fumar mi abuela dijo que parecía que me gustaba y reconocí que si, pero que no iba a convertirlo en una costumbre. La abuela Mica añadió que se me veía bien fumando, que fumaba con estilo. Le agradecí divertida el extravagante cumplido.
Me reintegré a mis rutinas de la ciudad y volví a la normalidad, con algún matiz. Pensaba que alejarme de la casa de mi abuela mi experiencia fumadora quedaría atrás automáticamente y sería un asunto cerrado, pero al volver a la ciudad, cuando veía gente fumando, ya no los podía mirar de la misma manera que antes y en ocasiones sentía una punzada de envidia. En las semanas en que había estado jugando con los Vogue, cuando veía gente fumando en la calle o en las cafeterías no lo identificaba con mi experiencia con los Vogue. Antes no me fijaba en toda esa gente que fumaba pero ahora sabía que toda esa gente estaba haciendo lo mismo que yo había estado haciendo y su presencia no me pasaba desapercibida, sabiendo que estaban experimentando las gratificantes sensaciones que yo misma había llegado a apreciar. Ahora había veces en las que al ver por ejemplo a una “juani” de quince años fumando a la puerta de un ciber o a un octogenario fumando un cigarrillo en el parque clandestinamente, lejos de los ojos de sus hijos, comprendía lo que estaban haciendo y me sentía cercana a ellos. A pesar de que me seguían desagradando los lugares llenos de humo y los apestosos ceniceros llenos de colillas, a lo largo del día siempre había alguna ocasión en que me apetecía fumar un pitillo.
Soy una chica sociable y en la parada del autobús suelo hablar con las otras personas que están esperando. Estaba hablando con una señora cuando esta sacó una cajetilla para fumar un pitillo, ante lo cual no pude evitar sentir cierta envidia. Se lo iba a encender cuando se interrumpió y dubitativamente, seguramente dudando de si hoy en día es correcto ofrecer tabaco a quien no sabes si fuma o si sería descortés no hacerlo, me preguntó si quería uno. Dudé un segundo, contenta de que surgiera una ocasión de fumar y a la vez algo asustada por la posibilidad de que concederme esos caprichos me llevara a coger el vicio. Acepté el ofrecimiento la señora sonrió al haber acertado al invitarme, dejé que me diera fuego y fumé contenta mientras charlaba con la señora, sorprendida de sentirme tan cómoda fumando.