CREADO POR ABRAHAM VIDAL latinfumador@hotmail.com
Posted by Trinidad D on 1/12/2009, 11:24 pm, in reply to "Re: El lio de empezar a fumar. ¡Ay, mi madre!"
83.34.105.47
Un día me encontré con mi tía Natalia por la calle. Educadamente aproveché para agradecerle que me dejara de regalo las dos cajetillas de Vogue al irse de casa de la abuela Mica. Sorprendida me dijo que no las había dejado ella, por lo que resultó evidente que había sido la abuela Mica quien había comprado los Vogue, falsificando la nota de Natalia, con la idea de que jugueteando con los Vogue me aficionara a fumar. A La ocurrencia de la abuela Mita en parte escandalizó a Natalia y en parte le hizo gracia por su atrevimiento. Yo me sentí herida en mi amor propio aunque tuve que reírme de la osadía de mi abuelita.
Empezaron las clases. Prácticamente no había fumadores entre mis compañeros del Ciclo Formativo Superior de Desarrollos de Alta Cultura por lo que preferí no revelar mi afición a los cigarrillos en ese ambiente, temiendo que me miraran mal. En otros de los ciclos formativos que daban en el instituto, como en el de Confección o el de Estética, si que había bastantes fumadoras, pero lo cierto es que no tenía amigas de esos ciclos por una especie de rivalidad entre ciclos que mantenía a la gente separada, así que aunque alguna vez me entraban ganas de unirme a alguna de las chicas de Confección que fumaban a la puerta del instituto, mantuve mi imagen de estricta no fumadora ante mis amistades del ciclo de Alta Cultura.
Ya llevaba algunas semanas fumando a diario y a veces sentía fastidio cuando me apetecía fumar un cigarrillo y sabía que tardaría en poder hacerlo por estar en el instituto y en compañía de mis amistades no fumadoras. Eso me hizo pensar con aprensión que quizá me había enganchado. Quise comprobarlo y decidí pasar un par de días sin fumar nada. Pasé el primer día y eché de menos fumar, pero no me pareció que fuera algo tan fuerte como para llamarle adicción. Al segundo día pensé a menudo en fumar, parecía como si el haber decidido fumar hiciera que me apeteciera más. Al volver a casa al final de la tarde me encontré con la chica de la tienda de chucherías cerrando la tienda y fui a charlar con ella. Sacó sus cigarrillos y, habiendo ya fumado a menudo juntas, me ofreció uno. Aunque aun no se habían completado los dos días que había decidido pasar sin fumar, me apetecía fumar uno y pensé que sería agradable acompañar la charla con un pitillo y que no era algo trascendente. Fumamos juntas y fue muy rico. Más tarde reflexioné sobre aquello, en como el deseo de fumar había sido más fuerte que mi decisión de no hacerlo.
Mi abuela había acabado su largo veraneo y había vuelto del campo a la ciudad. Fui una tarde a visitarla, no por casualidad a la hora de merendar. Tras los cafés sacó los cigarrillos, le pedí uno, me lo ofreció complacida y fumamos. Le comenté como de pasada que me había encontrado con Natalia por la calle, que me había dicho que ella no me había dejado los Vogue y le dirigí una mirada de suave reproche. Se dio cuenta de que había descubierto su estratagema, una sonrisa astuta cruzó fugazmente su rostro y me dijo que había que quitarme los melindres con el tabaco. Me preguntó si es que no me gustaba fumar y, divertida por lo taimada que era mi abuela, le confesé que si que me gustaba. Ella se encogió de hombros como diciendo “¿Y cual es el problema entonces?”. La miré sonriendo, rehusando ya a hacerle ningún reproche y a seguir haciéndome la enfadada, y di una lenta calada a mi cigarrillo.