Posted by josoch
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on 9/26/2009, 6:56 pm
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Llegamos muy cansados al hotel. Había sido un día muy largo de negociaciones de aquél contrato. Me despedí de Mariana, la colega de la oficina que me acompañaba para esa operación. Fui a mi habitación. Mandé un par de mails. Como tenía la cabeza acelerada, decidí salir a caminar un poco para distraerme.
Pasaba por el looby del hotel y voltee hacia el bar. Una mujer rubia con blusa azul y falda gris tenía el brazo pegado a las costillas, el antebrazo estaba un tanto separado, formando un ángulo a partir del codo y, perpendicular, entre medio e índice un cigarro humeante. No había duda de esa silueta: era Mariana. No podía creer lo que veía. Ella era inocente y tierna. En ninguna de mis fantasías me la pude imaginar fumando.
Entré al bar. Me miró cuando se arreglaba el cabello. Se ruborizo. Notaba que la había puesto incómoda.
-No sabía que fumabas.
-Ya ves…
-Yo también bajé a fumar –Le dije para que sintiera confianza, la confianza de la complicidad. Aunque no era cierto. Yo no fumaba. Lo había practicado muchas veces, pero no era algo que me gustara hacer; sólo me gustaba ver fumar.
Me senté con ella. Le dije que no fumaba habitualmente, pero que después del tenso día se me había apetecido un pitillo y que justo había bajado a comprar tabaco para poder fumar. Me ofreció un cigarro. No me quedaba más remedio que fumarlo. No obstante tendría la recompensa de escucharla hablar de su vicio. Así que le pregunté que si ella también era fumadora ocasional. Dio un trago a su vodka tonic. Limpió la ceniza del cigarro con el índice. Dio una calada. Exhaló. Y comenzó la historia:
“Yo había fumado muchas veces con una amiga. No era algo que me agradara ni que me disgustara. Lo hacía por pasar un rato agradable cuando me quedaba a dormir con ella y platicábamos. Jamás se me ocurrió fumar de verdad. Pero siempre tenía la curiosidad de saber por qué la gente fumaba. Aunque lo había hecho, no encontraba un placer en ello. Sabía que se sentía fumar, pero no qué se sentía ser fumadora. Cuando me fui a estudiar el master, decidí que fumaría constantemente el primer mes, para sentirlo. Así mis padres no se enterarían ni mis amigos me recriminarían que estoy fumando. Me presentaría en un país nuevo como fumadora.
Y así fue. Llegué y compré un paquete. En la primera noche fumé mi primer cigarro. A partir del día siguiente fumé después de cada comida y tal vez alguno otro. Así pasó la primera semana, en la que no tenía clases, sino trámites. Me sentía rara al presentarme como fumadora. Ahora pedía lugar en la sección de fumar. Además era extraño iniciarme a los 23 años y no en la pubertad. Pero nadie me veía extrañado, como a los adolescentes fumadores.
Cuando comenzaron las clases, aumenté el número de cigarros. Ahora fumaba en los intermedios. Al cabo de dos semanas de clase, ya era parte de mí el fumar. Ya entendía lo que era ser fumadora. Empecé a hacer amistad con mis compañeros que fumaban, pues nos reuníamos a eso entre las clases. Salíamos en las noches y fumábamos en los bares.
No me di cuenta cuándo se cumplió mi mes como fumadora. Pero cuando fui consciente, decidí que prolongaría ese estado en los meses que me quedaban en ese país. Era algo que me gustaba mucho. No sólo entendía por qué fumaban; ahora no entendía por qué la gente no fumaba. El estado en el que entra el cuerpo después de dos o tres caladas era lo mejor. Mientras más lo hacía, más lo disfrutaba.
Los meses pasaron rápido. Era tiempo de volver y tenía que dejarlo por la paz. Fumé once cigarros el día en que me despedí de aquélla ciudad. Tenía que terminarme el paquete. Abandoné mi encendedor rojo. Aquí jamás podría fumar. Era algo superior a mi pensar en que se enteraran mis padres, tan críticos del tabaco. O mis amigos. No podía con eso.
Y estuve sin fumar las primeras dos semanas. Luego entré a trabajar a nuestro despacho. No podía más con las ganas de fumar. Compré un nuevo paquete y un nuevo mechero. Fumaría de vez en cuando. A las dos semanas me di cuenta que el fumar de vez en cuando era fumar diario. Y así he estado el último año y medio. Camino al trabajo me detengo en una cafetería y fumo un cigarro. Por las tardes, de regreso a casa, otro en ese lugar. Me gusta el lugar en el que fumo porque está en un rumbo por el que no pasan mis conocidos. Además, el espacio para fumar está en una terraza interior, y no en la calle, de forma que si pasa alguien, no me verá. Pero me limito a esos dos cigarros. No fumo más. Ni aunque salga por las noches a algún bar. Aunque se me apetezca, sigo con la facha de no fumadora. He conseguido no fumar los fines de semana que estoy en casa. Aunque a veces me escapo y fumo algo.
En síntesis, soy una fumadora de closet, a la que le da vergüenza que la vean.”
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