Posted by Sigfrido on 12/14/2009, 11:53 pm, in reply to "Las humeantes aventuras de la señora Sandoval: Episodio 1."
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Llegó el viernes y se reunieron para cenar. Se juntó un grupo muy apañado: la señora Sandoval, su marido Eduardo, sus hijos Natalia, de 22 años, Víctor, de 20 y Mónica, de 18; su amiga Soledad con su marido Julio y sus hijos Marcos, de 23 años y Alba, de 22; sus primas Carmen y Lourdes y su hermano Joaquín.
Tan pronto se sentaron a la mesa, Eduardo, Mónica, Lourdes y Joaquín, sacaron sus cajetillas y encendieron sus cigarrillos. Lourdes ofreció un cigarrillo a Celia Sandoval, pensando al no verle sacar sus cigarrillos que quizá se le hubieran olvidado, pero esta declinó la invitación.
- ¿Lo has dejado?- le preguntó su amiga Soledad, que hacía unos años que había dejado de fumar tras muchos años de fumar compulsivamente que le habían estado minando la salud.
- No, solo estoy en uno de mis periodos de abstinencia, pero ya pronto lo acabo- contestó la señora Sandoval.
Sirvieron el primer plato y luego una gran paella que comieron alegremente. Mientras esperaban los postres Mónica y Lourdes, impacientes, fumaron otro cigarrillo. Carmen estaba sentada entre Mónica y la señora Sandoval y mientras charlaba con unos y otros se puso a juguetear con el paquete de cigarrillos de Mónica. A Mónica no le pasó desapercibido el gesto y lo interpretó como que a Carmen le estaba pasando por la cabeza la idea de fumar un cigarrillo.
- ¿Quieres uno?- preguntó Mónica a su joven tia.
- Noooo- negó Carmen con énfasis, quizá demasiado énfasis- yo no fumo.
- Ya se, pero a lo mejor te apetece un pitillo.
Carmen estaba algo avergonzada. Realmente esa idea se le había pasado por la cabeza, estando con fumadores se le había despertado cierto gusanillo por fumar un cigarrillo y le resultaba incómodo que alguien se hubiera dado cuenta. Por su actividad deportiva estaba acostumbrada a una vida ordenada y a un entorno donde los deportistas eran muy exigentes consigo mismos, por lo que la actitud de negligente autocomplacencia propia de una cena festiva como aquella le resultaba impactante y tentadora, sobre todo habiendo cumplido recientemente los 30 años y estando un poco en crisis.
- Soy atleta, tengo que cuidarme y no puedo fumar.
- Pero por un cigarrillo no te pasaría nada y no te tienes porqué enganchar ¿Verdad que no, mamá?- apeló Mónica a su madre antes de dar una calada a su cigarrillo.
- ¿Cómo?- preguntó la señora Sandoval que no había seguido la conversación de Carmen y su hija.
- A Carmen le apetecía fumar un pitillo y no se atreve porque teme que siendo deportista le afecte ¿Verdad que por un pitillo no le pasaría nada?
- Carmen, si te apetece un cigarrillo fúmatelo, que por fumar uno de vez en cuando no pasa nada, no te tienes porque enganchar y fumar en circunstancias sociales es estupendo.
- Si no me apetece- insistió Carmen, provocando la mirada acusadora de Mónica, que hacía ver que eso no era cierto- bueno, yo nunca he fumado y no creo que me sentara bien.
- Eso de que nunca has fumado... – dijo Celia Sandoval- Recuerdo que con 16 años alguna vez fumaste un cigarrillo conmigo.
- Vaya vaya tía Carmen ¿Eras una niña traviesa?- preguntó Mónica con rechufla.
- Carmen era una buena chica, pero como toda niña inteligente era curiosa, por eso quiso probar el tabaco y en lugar de andar fumando a escondidas recurrió a mí como fumadora de confianza- la defendió la señora Sandoval.
- Oh, ya no me acuerdo de eso. Ahora seguro que me sentaba mal.
- Bueno, luego vemos- dijo la señora Sandoval cambiando de banda para seguir hablando con Marcos, sentado al otro lado.
Celia Sandoval sentía debilidad por Marcos, el hijo de su amiga Sole, llegando a despertar ciertas suspicacias en su marido Eduardo. Pero la señora Sandoval mantenía su amistad con Marcos en los estrictos límites de lo platónico.