Posted by landymanu on 2/2/2012, 10:47 pm, in reply to "Un día más - 1"
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Para ser más concretos, había probado a fumar por primera vez con 13 años, en el baño del colegio junto a dos amigas. Una de ellas era un año mayor y ya fumaba, le apeteció mucho probarlo, pero aun sin haberse tragado el humo, el sabor le desagradó bastante. Un tiempo después, al salir de clase la misma amiga volvió a ofrecerle y de nuevo, el mismo sabor que no acababa de gustarle, aunque le hacía gracia eso del humo. En los días consecutivos, de camino a casa, siguió dando alguna calada a los cigarrillos de su amiga, aunque no tragaba el humo. Después llegó el verano y no volvió a fumar hasta el curso siguiente, cuando ya con 14 años, una tarde en un parque, una amiga nueva que había hecho ese año le ofreció un cigarrillo y, aunque dubitativa, ella lo aceptó. Empezó a fumarlo tal y como lo había hecho el año anterior, ya más o menos acostumbrada a aquel sabor que empezaba a resultarle familiar y algo agradable, pero su amiga le dijo que tenía que tragarse el humo, que si no, no estaba fumando de verdad. Le explicó como hacerlo y ella, acostumbrada a caladas más o menos largas, tragó demasiado humo para una primera vez, y su garganta y pulmones vírgenes no pudieron soportarlo y se puso a toser. El humo salió estrepitosamente de ella y entre risas, volvió a intentarlo con una calada más pequeña y aun sin poder evitar reprimir una tosecilla aquello ya fue mejor. Fumó lo que le quedaba de cigarrillo con caladas pequeñas y para cuando lo terminó, se dio cuenta de que estaba notablemente mareada, y aquello le divirtió. Los meses que siguieron a aquel primer verdadero cigarrillo siguió fumando algo, y a la mitad del curso se compró su primer paquete en la máquina de un bareto cualquiera. Se fue dando cuenta, mientras descubría otras cosas como los amores y la bebida, en que momentos le gustaba más fumar y cuando le venía mejor. Por ejemplo, lo fue empleando para tranquilizarse cuando estaba nerviosa, le gustaba disfrutar de sus cigarrillos cuando bebía en las fiestas o botellones a los que empezaba a ir, sola o con amigos, se dio cuenta de que era su fiel compañero cuando se sentía mal por un novio que se iba. Siguió fumando aunque no más de uno o dos cigarrillos al día hasta que llegó al bachillerato y al selectivo, donde con tantos nervios por exámenes en un momento tan decisivo para su futuro empezó a fumar hasta cinco cigarrillos todos los días. Siguió así en la universidad, llegando a fumar mucho más en fiestas o temporadas de exámenes. Para cuando se hubo graduado, ya fumaba sus diez cigarrillos diarios. Entró en la empresa en la que seguía trabajando unos meses después y fue entonces, con su jornada completa, cuando se dio cuenta de que fumar le suponía un problema, pues no tenía más remedio que estar saliendo a la calle a fumar, y eso reducía su rendimiento y al principio, sus jefes le tenían puesto el ojo de mira. Dejó de fumar durante siete meses en los cuales ascendió rápidamente en la empresa, llegando a ser la encargada de un puesto en el que ya no le habría supuesto ningún problema ser fumadora, pues ahora era ella la que miraba a los nuevos y los ponía nerviosos con su control. Aun y así no se planteó volver a fumar, aunque echaba de menos sus diez u once momentitos de placer diarios, a su compañero de rutina y amigo que la relajaba y estaba con ella siempre, se sentía bien como no fumadora. No obstante, un día haciendo limpieza general en casa apareció un paquete de cigarrillos a mitad que se debió extraviar en la época que decidió dejarlo. Iba a tirarlo directamente, pero no pudo evitar una punzada de nostalgia, y la abrió, se lo acercó a la nariz y olfateó aquel delicioso aroma a tabaco. Encendió un cigarrillo y en pocas semanas había retomado su vieja adicción sin remordimiento alguno. No le costó llegar a fumar la cantidad que fumaba antes de dejarlo, y en pocos meses volvía a sus 10 deliciosos cigarrillos diarios.
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CONTINUARÁ
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