Posted by landymanu on 2/4/2012, 4:48 am, in reply to "Re: Un día más - 2"
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Dio una última calada y tiró la colilla al váter. Se dio una ducha rápida y una vez se hubo secado y vestido preparó café. Cuando ya lo tenía en la taza con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar como a ella le gustaba, encendió otro cigarrillo y repasó la agenda del día. Le gustaba dar una calada seguida de un trago de café. De ese modo combinaba el sabor de ambos logrando un resultado que se le antojaba fantástico. Era en esos momentos cuando más amaba el fumar. El humo en sus pulmones, recorriendo sus vías respiratorias, volutas que escapaban por su nariz, restos que no terminaban de salir cuando exhalaba, bebía el café y los restos del sabor acre del tabaco en su boca se mezclaban con el amargo del café formando una mezcla fantástica que hacía que el conjunto supiera mejor. Y lo que era todavía más curioso, y que le gustaba entretenerse degustando, era que sabía distinto el café después de una calada a la calada después de un trago, y por supuesto, todo ello distinto de ambas cosas por separado. Tragaba el humo, lo saboreaba, y la nicotina liberaba dopamina en su cerebro, haciendo que todo fuera todavía mejor. Apagó el cigarrillo, cogió sus cosas y salió de casa. Tenía que caminar cinco minutos hasta el garaje donde tenía el coche. No solía utilizar transporte público, en metros y autobuses, por que estaba prohibido fumar, y en taxis porque aunque en algunos si se pudiera prefería no arriesgarse, además, le gustaba conducir, o eso solía decirse. En el camino hasta el coche fumó otro cigarrillo para distraerse mientras recorría las mismas calles de todos los días, tan aburridas, distraerse con ese cigarrillo la hacía más soportable el tedio de aquel recorrido repetitivo. Dio la última calada en la puerta del coche, se subió, arrancó y salió rumbo a su trabajo. Veinte minutos después se vio inmersa en un atasco. Aquello no estaba esperado, no solía haber atascos a esa hora. Tras casi media hora y habiendo avanzado apenas cinco metros estaba empezando a ponerse muy nerviosa. No le gustaba fumar mientras conducía si podía evitarlo, pero aquello no se consideraba estar conduciendo, así que encendió un cigarrillo y dio una primera y hambrienta calada deseando que la nicotina la calmara. Exhaló por la ventanilla y dio una nueva calada, muy larga, que tragó sin apenas abrir la boca, la sintió bajar e imaginó como ahora todo el humo inundaba sus pulmones, con movimientos lentos moviéndose como flotando en el aire, a sus pulmones absorbiendo las sustancias que venían allí dentro y mandándolas al cerebro, que era donde ella las necesitaba, necesitaba la nicotina para relajarse, le gustaba imaginar todo aquello por que la ayudaba a distraer la mente de lo que fuera que necesitara olvidarse para tranquilizarse más fácilmente. Exhaló deprisa para poder, cuanto antes, mandar una nueva dosis, succionó para llenarse la boca de humo, sintió el sabor acariciándole la lengua, el humo en su boca, denso, aspiró para bajarlo a sus pulmones y lo sintió a través de la garganta con ese picorcillo tan característico y agradable del fumar. La nicotina empezaba a hacer su efecto, y más tranquila terminó de fumar el cigarrillo que acabó en el cencero del coche, como testigo de unos minutos de humo. Había sido besado por los labios de aquella mujer que demandaba el humo que él le ofrecía al consumirse por la llama que lo quemaba. Ese humo en el que se escondía la nicotina que ella había llegado a necesitar tanto. Y él, testigo mudo y compinche, la complacía derramando en ella ese fluido de placer.
Llegó al parking del trabajo, con más retraso del que le habría gustado, bajó del coche y más por costumbre que por necesidad (pues normalmente no fumaba en el coche) se encendió uno antes de entrar a trabajar. Lo fumó con prisas más para satisfacer las ganas que tendría en un rato si no fumaba que por placer. Sin regodearse, daba caladas medio largas, bastante seguidas, casi respirar humo con el fin de retener en su sangre la mayor cantidad de nicotina posible en el menor tiempo. Exhalando hacia arriba una gran bocanada de humo entró en el edificio de oficinas donde trabajaba.
Concluyó y presentó un par de tareas urgentes, hizo una pequeña conferencia de la que le avisaron unos instantes antes de que comenzara y todo salió a pedir de boca. Iba todo genial. Decidió que ya tenía hambre y aunque apenas había trabajado un par de horas salió del edificio para ir a tomarse un café y unas rosquilletas. La cafetería estaba dos calles más abajo. Le habría gustado tomarse su café con un cigarrillo, pero hacía demasiado frío y dentro no dejaban fumar. Como tampoco le gustaba fumar comiendo, fumó un cigarrillo rápido en el camino hacia la cafetería. No le gustaba demasiado fumar mientras caminaba, pero si había algo que le gustaba, era tirar el humo hacia delante de modo que al pasar, pudiera olerlo y sentirlo acariciándole la cara. Si bien el cigarrillo que fumaba en los descansos aliviaba bastante su necesidad de fumar, que era lo principal, le gustaba poder regodearse un poco más, aunque con las ganas que solía tener de fumar en determinados momentos del día, más importante era acallar esa necesidad que disfrutar realmente del cigarrillo y del humo que se pasaba el día entrando y saliendo de su cuerpo y de sus pulmones, acariciando su garganta y bailando sobre su lengua, haciéndole sentir de continuo una pequeña fiesta de dopamina en su cerebro. E igualmente, a su regreso de la cafetería, más por las ganas que podría tener en un rato que por las que tenía en ese momento, fumó otro cigarrillo. Se daba cuenta de que muchas veces, fumaba más por previsora que por la pura necesidad del vicio, y era algo que en parte le molestaba, pero un cigarrillo más o menos tampoco le importaba demasiado. Fumaba como quien respira, era algo tan sumamente normal para ella que muchas veces ni tan siquiera pensaba, no era siquiera una actividad que realizar si no algo tan automático como respirar cuando estás dormido, o mover las piernas para caminar. Ese era uno de esos cigarrillos, si bien es cierto que tenía por costumbre siempre fumar después de cada comida, pero el no poder hacerlo tranquila convertía aquel cigarrillo en algo más banal. Apagó la colilla en el cenicero a la entrada y siguió con su trabajo.
Dos horas más tarde se derretía por un cigarrillo y tenía bastante hambre, así que con un par de compañeras se dispuso a ir a comer. Antes de salir ya tenían las tres los cigarros entre sus labios y nada más pusieron un pie fuera de las oficinas, ya estaban las tres tragando humo como locas para acallar la tremenda demanda de nicotina. Caminaron echando humo hasta el restaurante y ahora si, dado que al mediodía la temperatura era más soportable, se sentaron en la terraza exterior para poder fumar. Estuvieron un rato mirando la carta y pidieron las bebidas. Una vez hubieron pedido qué comer, encendieron sendos cigarrillos y fumaron bebiendo mientras esperaban. Ninguna de aquellas tres adictas al tabaco se había dado cuenta pero en realidad el ser estar tan enganchadas las libraba del cargo de conciencia de pensar que fumaban demasiado, pues tenían tan incorporado el tragar el humo, el tenerlo en los pulmones el estar saboreándolo, el que el humo travieso se escapara en ocasiones por la nariz, el tener el cigarrillo en los dedos como una parte de si mismas. Esa magia exquisita en como una pequeña cajetilla con un puñado de tabaco en pequeñas mono dosis en forma de cigarrillos puede transformarse en tan ingente cantidad de humo. Imaginar todo ese humo albergado al mismo tiempo dentro de una de esas chicas. Suponiendo que fueran infinitamente elásticos podrían pasar una hora lanzando un chorro inmenso de humo. Pero eso sería muy rudo. Queda tan bello en la forma en que está montado. Todas estarían de acuerdo en que no es lo mismo inyectar directamente la nicotina en su cerebro. El tener el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos también es importante, besar el filtro cada vez, tener que succionar para incrementar la cantidad de oxigeno que atraviesa el extremo candente de modo que el tabaco se queme y el humo como resultado de esa combustión atraviese todo el cigarrillo y se derrame a través del filtro en la boca de ella, la llene lentamente con esa sustancia danzarina, para luego aspirar, y dirigir el humo hacia dentro de su organismo, a un lugar donde el contenido del blanquinoso fantasma podrá ser absorbido y les proporcionará ese placer que tanto necesitan, esa satisfacción que tanto les agrada, y luego, claro, tienen que sacarlo fuera para poder volver a empezar. Y todo esto, se ha vuelto completamente común para ellas, no se dan realmente cuenta, no se llevan realmente el cigarrillo a los labios, no tragan el humo, simplemente se dan el placer y lo hacen de un modo tan automático, es en ellas el fumar algo tan común, banal y simple, sin ingenio ni misterio… y aquí estamos nosotros, haciendo una montaña de su granito de arena.
Pero volviendo a lo que nos ocupa, disfrutaron de sus cigarrillos hasta que trajeron la comida. Y después, mientras se sentían un tanto adormecidas, sentadas todavía, llenas y satisfechas, mientras sus estómagos hacían la digestión, aquella misma sensación de bienestar, les pedía que la acompañaran de otra clase de placer. Y era cierto, estaban tan a gusto que un cigarrillo era lo que más les apetecía en aquel momento. Y así fue, encendieron otros tres cigarrillos para rematar aquella fantástica sensación. Tan bien les supo que tal vez en ese momento si se detenían un poco más a sentir, a concentrarse en el placer que se estaban proporcionando mediante el humo, mediante el proceso de inhalar humo, un humo acre, pero tan dulce al mismo tiempo, un humo que conseguía acariciarlas por dentro, y que además de esa caricia, liberaba una sustancia que per se liberaba placer. Sumado a la satisfacción de quien está recién comido, las tres exhalaron con gran deleite, calada tras calada, el humo de sus cigarrillos.
Volvieron al trabajo y tres horas después, tres largas horas después todavía no había fumado nada desde que terminara de comer. La necesidad era tan grande que, igual que cuando saliera a comer, encendió el cigarrillo en el justo instante en el que estaba fuera y ya podía fumar. Tales eran sus necesidades de nicotina que antes de llegar al coche (apenas a un minuto y medio de la puerta del edificio) ya estaba encendiendo otro por que su cuerpo demandaba más nicotina. Se sentó en el coche, y antes de arrancar, terminó de calmarse y tranquilizarse metiéndose en el cuerpo toda la nicotina que pudo, apenas respirando entre calada y calada. Ni siquiera bajó la ventanilla pretendiendo que el coche se llenara de humo y pudiera seguir respirando aquel ambiente nicotínico para mantenerse serena y sin perder los nervios.
El estar tanto rato sin fumar le había hecho necesitar verdaderamente la nicotina, y tal y como bajó del coche encendió otro cigarrillo que fumó, más tranquila, mientras caminaba hasta su casa, del mismo modo que por la mañana, para matar el tedio de aquel repetitivo paseo. Entre bocanada y bocanada se llegó hasta su piso y una vez dentro, se deshizo de sus zapatos de tacón se puso cómoda se sirvió una gran copa de vino tinto se puso música tranquila, cogió un cenicero y sus cigarrillos y se sentó dispuesta a relajarse un rato. Aquello que estaba haciendo se había convertido en un pequeño ritual desde hacía unos meses. Llegaba a casa, vino, música cigarrillos y el final feliz. Así pues, extrajo lentamente un cigarrillo de la cajetilla, lo deslizó por debajo de su nariz, disfrutando del aroma del tabaco antes de prenderlo, situó el filtro entre sus labios, encendió el mechero, y se preparó para recibir la primera hondonada de humo. El tabaco empezó a arder, propiciando al aire una serie de partículas que, todas juntas, formaban el humo, dado que ella estaba creando una diferencia de presión dentro de su boca, el humo, entre el aire que era impulsado hacia dentro, con alto contenido en oxígeno, penetró entre el tabaco prendido haciendo que este generara más combustión y más humo, de modo que este se precipitó a través del cigarrillo y del filtro en su boca, entrando lentamente como un fluido que la fue inundando por completo. Pero no terminaba allí. Aquel humo estaba destinado a viajar por el interior de su cuerpo, pues ella sabía lo que quería de él, ella quería el placer que se desencadenaba en su cerebro cuando el humo acariciaba las paredes de sus pulmones, no por la mera caricia, si no por que tras esa caricia se escondía el secreto de la absorción de ciertas sustancias que albergaba el humo por parte de su organismo. Así, y con el fin de bajar el humo hasta sus pulmones, separó el cigarrillo de sus labios cogiéndolo entre los dedos índice y medio, abrió la boca y mientras un pequeño hilo de humo trataba de escapar, aspiró para que, con el empuje de su respiración, el humo bajara por su garganta hasta sus pulmones, y por allí lo sintió bajar; la mera sensación de sentirlo dentro le encantaba. Y entonces, una vez recogido lo que necesitaba para sus placenteros fines, quería sentir y ver el humo saliendo de ella, pues sentía como si con él se fuera su cansancio, su agotamiento mental, sus nervios, su estrés su tristeza… todo lo malo se iba con ese fantasma blanco que se dispersaba en el aire dejándola a ella serena y en paz. Sopló y lo sintió subir, acudiendo fiel y obediente a la llamada de sus labios. Lo vio salir de ella, y veía, aun y lo bello que era, como si fuese todo lo malo que habitaba en ella, que se iba, pues realmente el humo no lo había visto entrar en ella, conscientemente si lo sabía, pero su subconsciente no lo había visto entrar, solo salir. A aquella primera calada le siguió una segunda exactamente igual. Aquellos besos al cigarrillo, el humo en sus pulmones y saliendo de ella, e intercalando traguitos de delicioso vino para humedecer la sequedad que dejaba el humo a su paso, para lubricar y facilitar la entrada. La vida de un cigarrillo era corta y se consumía deprisa, aunque del mismo modo se consumía ella lentamente y eso lo hacía todavía más placentero. La copa seguía medio llena, pero su cuerpo ahora demandaba mucho más placer, tenía apetito de algo con creces superior a aquello. Con cuidado y delicadamente deslizó su mano bajo el pantalón y se entretuvo jugueteando entre sus piernas hasta que chorros de placer inundaron su cuerpo y mancharon sus braguitas. Entonces no podía si no terminar el vino, y fumar otro cigarrillo que le supo mejor que cualquiera que hubiera fumado ese día. En esos momentos era más placentero que nunca fumar, el humo sabía mejor, y se sentía mucho más delicioso en sus pulmones, probablemente por que la nicotina impedía que la dopamina se reabsorbiese prolongando la sensación de placer. Una vez hubo terminado de fumar y la copa de vino ya estaba vacía, quedó tan relajada que terminó por dormirse. Veinte minutos después despertó y se dio una ducha calentita que le sentó genial tras haberse destemplado por dormirse desnuda.
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